El juego como práctica de resistencia a través de Ayako Rokkaku y Leo Brouwer: la regresión a la infancia como transfiguración nietzscheana en la adopción de la niñez y el primitivismo
La era de los grandes relatos termina cuando escribir poesía después de Auschwitz se convierte en un acto de barbarie. Hasta ahora, dichos relatos, aquellos que habían dotado de orden y nombre a la tierra salvaje, han constituido la historia de una humanidad atravesada por un fingimiento humano demasiado humano. Un fingimiento que, culminado en el gesto de la cultura, ha contribuido a la creación de toda una ontología del juego (Wittgenstein, 2017) que sigue demandando realidades normativas y generadores de reglas: sociedades alienadas por el neoliberalismo y el capitalismo extractivo. Sin embargo, algo huele a podrido en Dinamarca, y, “si los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, de lo que se trata ahora es de transformarlo” . Mi propuesta consiste en abordar las ideas expuestas por Rosalind Krauss en Se acabó el juego, rescatando el primitivismo no como un mero -ismo de las Vanguardias, sino como ese “gesto violentamente anti-idealista y anti-humanista”. Así pues, la escultura iconoclasta de Giacometti y los análisis de Bataille sobre el primitivismo y la base, me servirán como punto de partida para reivindicar el juego (nuestro juego) como práctica de resistencia a través de la no-obra de dos artistas: Ayako Rokkaku y Leo Brouwer.
En el fondo de este acto transita un espíritu de destrucción como alteración, en sentido extramoral, del rastro humano. Tal y como apunta Bataille, muy cercano a las ideas de Nietzsche, tanto en las pinturas primitivas como en la de los niños, aparece lo informe como el culmen de la transgresión cultural. Así pues, en el arte de los niños, late de fondo un espíritu de destrucción: “las marcas que el niño hace en las paredes, sus garabatos sobre el papel, responden a un deseo de destruir o mutilar el soporte” (Krauss, 1996, pág. 69). La pincelada, o más bien, el manotazo que utiliza Rokkaku para pintar sus cuadros, pone de manifiesto dicha transfiguración nietzscheana en la adopción de la niñez como forma de resistencia a las reglas convencionales del arte.
Esta estética del manotazo me lleva a pensar directamente en Leo Brouwer, compositor y guitarrista cubano marcado por el primitivismo de Stravinsky y Bartok, el serialismo, el dodecafonismo y el minimalismo. Leo Brouwer ha contribuido a la creación de un estilo de guitarra primitivista incorporando melodías y ritmos azarosos, articulaciones irregulares, deformaciones tímbricas, escalas atonales y percusiones repetitivas. No hay mayor expresión del juego que la de un niño golpeando la guitarra en sus primeros años de vida: un vitalismo que aparece en varias de sus composiciones a través de golpes en la guitarra (Canticum es un ejemplo). La Revolución Cubana permitió a Brouwer relacionarse con esta vanguardia expresada muy bien en la obra de Carpentier, quien explora la renovación musical en Occidente a través de su novela Los pasos perdidos: “cavilando en torno al primitivismo de trazo vanguardista, la novela de la tierra y otras variantes estéticas” (Barceló, 2016, pág. 400). En este sentido, la ilusión por rescatar unos sonidos precedentes al ser humano, parte de la tesis rítmico-litúrgica del origen del canto, tesis que serviría como hilo conductor para la música experimental del siglo XX: una “primacía de lo rítmico, lo bárbaro y lo dionisíaco frente a lo armónico, melódico y apolíneo” (Barceló, 2016, pág. 400). Hay, por ello, todo un intento de recuperar el discurso del bosque, el mundo como voluntad y representación, los ritmos primarios y elementales que emanan de la tierra: “el placer que se siente al escuchar el suave fluir del arroyo” (Stravinsky, 2013, pág. 42). Así lo cuenta Carpentier: “una cultura cansada había tratado de rejuvenecerse y hallar nuevas savias en el fomento de fervores que nada dieran a la razón” (Carpentier, 2009, pág. 430). Por tanto, las alusiones al elemento instintivo, pre-lógico, no racional, pre-lingüístico y natural de la música (Calvi, 2018, pág. 25) son constantes. Este gesto musical que inspira el juego de Brouwer, hace ver del intérprete su verdadera función excretoria.
La tradición musical cubana influenciada por la novela de tierra, conecta directamente con el materialismo rastrero de Bataille y el concepto de basesse. La horizontalidad de las esculturas de Giacometti en la década de los 30, supuso un retorno a la realidad del fango: un intento por rescatar la verdadera función biológica del ser humano y derribar los monumentos verticales (“segur que tomba, tomba, tomba, i ens podrem alliberar”). La misma horizontalidad es encarnada por Ayako Rokakku con su forma de pintar a ras del suelo, similar al Juego de los dogón de Mali de Marcel Griaule, Por otro lado, Bataille contempla un segundo juego en el intento de des-idealizar, des-racionalizar y des-equilibrar al ser humano a partir de lo acéfalo como destrucción de la tradición metafísica cartesiana en torno al cogito. Dicha alteración del rostro conllevó la asunción, como gesto vanguardista, de la máscara con forma de mantis. Se trata de un rebajamiento a la condición de insecto que también aparece en la pintura de Rokakku, expresado en los descomunales ojos saltones de la niña que, como la mantis con el macho, juega a cometer un acto de barbarie. La composición Canticum de Leo Brouwer también explora lo insecto del hombre.
Sea como sea, la destrucción o alteración del cráneo humano acaba relacionándose con la experiencia del laberinto, con un desdibujamiento entre principio y fin: el no-obrar, el no-trabajar, el andar por andar. Un juego acéfalico que culmina en la Nueva Babilonia de Constant, la representación de una ciudad nómada en la que se puede andar (jugar), pero no estar. Se trata del errare humanum est que nos sitúa como homo ludens en la búsqueda del anti-arte, desde los dadaístas y la deambulación surrealista, hasta la deriva situacionista (Careri, 2014). Así pues, el juego permite la evaluación de las reglas del arte; en este sentido, Ayako Rokkaku y Leo Brouwer encarnan el personaje de Fréderic en la Educación Sentimental de Gustave Flaubert, cuya voluntad es un continuo rechazo de las determinaciones sociales: “Trató durante toda su vida de mantenerse en esa posición indeterminada, en ese lugar neutral desde el cual cabe sobrevolar los grupos y sus conflictos, las luchas que enfrentan entre ellas a las distintas especies de intelectuales y de artistas”(Bourdieu, 1995, pág. 54).
Bibliografía
Barceló, B. G. (2016). Del escrito ensayístico Los orígenes de la música y la música primitiva de Alejo Carpentier y de su proyección en su novela Los pasos perdidos: de un eufónico viaje a la semilla. Anales de Literatura Hispanoamericana, 45, 383-403.
Bourdieu, P. (1995). Las reglas del arte Génesis y estructura del campo literario. Barcelona: Anagrama.
Uribe Sarmientp, J., Francisco Bernal Bernal, H., & Quitian Roldan, D. (2009). El juego como resistencia: El juego frente al tiempo de la alienación. Pedagogía y Saberes, 31.
Wittgenstein, L. (2017). Investigaciones filosóficas . Madrid: Trotta.
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